Una noche en el bosque

 Liberté (Albert Serra, 2019)

  LIB_POSTER_cat_miniA pesar del estatismo de sus imágenes o de las propias situaciones reflejadas en ellas, el cine de Albert Serra muestra siempre un mundo en proceso de transición y cambio. En sus primeras películas optaba por cierta idea del viaje, de la búsqueda transformada en deambular infructuoso a partir de dos motivos clásicos como son las aventuras de Don Quijote y Sancho Panza en Honor de caballería (2006) y el viaje de los Reyes Magos hacia Belén en El cant dels ocells (2008). En sus últimos trabajos, incluyendo este último, los personajes están en tránsito de desaparecer, apurando sus últimos momentos, conscientes de que su tiempo se acaba y con ello(s) toda una época. Tanto en Història de la meva mort (2013) como en La mort de Louis XIV (2016) como en Liberté, Albert Serra elige, no por casualidad, el siglo XVIII, época de radicales cambios y transformaciones, de paradojas y contradicciones en lo político, lo social, lo filosófico y lo artístico, un siglo en el que asistimos a la caída de los antiguos regímenes y el paso a un nuevo orden social, un siglo en el que conviven lo racional y lo irracional, que ilustra el paso de la belleza ordenada a la sublimación de esa misma belleza, de los ilustrados a los románticos.

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  Liberté comienza en un bosque al atardecer. Antes de que caiga la noche asistimos a varias conversaciones entre nobles libertinos que sirven para dibujar cierto contexto histórico y político. La Revolución francesa está llamando a las puertas de la historia. Los libertinos han empezado a perder la protección de la monarquía y buscan acomodo en otras cortes europeas. Alejados de la ciudad, el bosque (como espacio de tránsito) les sirve como último refugio para sus prácticas libertinas. En el momento en el que la oscuridad cubre el bosque la película deja de ser un relato (la suspensión narrativa propia del cine del catalán) para convertirse en una experiencia límite en la que el espectador se convierte en un voyeur, amparado en la oscuridad de la sala, de todo tipo de prácticas sexuales propias del ideario libertino (aquellas que cualquiera puede encontrar en la obra del Marqués de Sade, por citar el referente más popular). En este cruising dieciochesco desaparece el principio de causalidad, los personajes entran y salen de la escena, se alternan en su papel activo y pasivo, son mirones y al mismo tiempo objeto de esas miradas, se (con)funde el placer con el dolor, la blasfemia con la santidad. La resistencia de los cuerpos como único y último límite del placer.

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  El cineasta de Banyoles consigue crear una atmosfera hipnótica a través del sonido (los gemidos de placer y dolor se mezclan con los sonidos de grillos, de ramas y pisadas que crujen, del viento y la tormenta que irrumpen en medio de la noche), de la bella fotografía nocturna (entre la delicadeza y la rudeza) y de las diferentes distancias y posiciones de la cámara (desde el plano detalle al plano general y alejado en el que apenas se atisba lo que ocurre) que refuerzan la sensación voyeurística del film.

  Además de todo esto, Liberté entra (voluntaria o involuntariamente) en debates candentes sobre el cine y su recepción. La proliferación de grandes producciones para plataformas de televisión ha reabierto la polémica sobre la idoneidad de la recepción del cine en televisión o en salas cinematográficas. Serra parece apostar por la oscuridad de la sala, en hacer partícipe al espectador de esa orgía, en reforzar esa concepción voyeurística del cine, en el anonimato de la sala oscura (que al mismo tiempo es espacio de reunión social) y en el placer escópico que deviene de la contemplación de las imágenes.

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  En unos momentos donde parece que al cine (sobre todo a las grandes producciones) se le pide un valor inmersivo, próximo a la experiencia del videojuego o del parque de atracciones, Albert Serra crea la experiencia inmersiva más original (y radical) al convertir la sala en la prolongación de ese bosque a media luz presente en la pantalla y al espectador en sujeto activo en la celebración de un placer libertino, amoral y blasfemo en vías de extinción [1], como demuestra esa imagen final del amanecer donde las figuras humanas han desaparecido y solo queda ese bosque iluminado por una luz irreal que parece convertirlo todo en puro decorado.

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[1] Una experiencia que funcionaba mucho mejor (o de forma más orgánica) en Personalien, la instalación que el director montó en el Museo Reina Sofía entre febrero y mayo de este mismo año. En una sala rectangular y oscura, dos grandes pantallas enfrentadas mostraban algunas de las imágenes que ahora vemos en la película. El espectador podía moverse con libertad por la sala pudiéndose topar con otros participantes, convirtiendo a estos no solo en mirones sino en participantes, en “personajes” de las imágenes proyectadas.

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