Vivir en presente

 Todos queremos algo (Everybody Wants Some!!, Richard Linklater, 2016)

  TODOS_QUEREMOS_ALGO_A4_AFAl final de Boyhood (2014), su personaje protagonista, al que hemos visto crecer desde niño, y que se va a enfrentar en breve a su vida adulta dice: “Es como si siempre fuera ahora mismo”Todos queremos algo y algunos films de Linklater (Slacker, Movida del 76, la trilogía Antes de…, Boyhood) transmiten esa sensación de vivir en un presente eterno. Unas películas que presentan procesos de madurez vividos desde el mismo presente, en periodos muy cortos de tiempo y consistentes en una suma de acontecimientos banales, efímeros e intrascendentes en la mayoría de los casos que, como en la vida misma, solo con la perspectiva que da el paso del tiempo alcanzarán a tener sentido y a ser entendidos como formadores de nuestra personalidad adulta. Por esto, esos films tienen algo de extraños, de desconcertantes, porque en ellos “nunca pasa nada” si los observamos desde un punto de vista clásico y convencional, en el que los hechos deben permitir que el relato avance en alguna dirección o contribuir a la evolución/cambio de los personajes.

  El último film de Linklater tiene su más claro precedente en Movida del 76 (horrible título español del original Dazed and Confused [aturdido y confundido]). En aquella película, el cineasta tejano mostraba a un grupo de jóvenes celebrando su último día de instituto y su primera noche de vacaciones, una película coral donde aquellos deambulaban por las calles de la ciudad en busca de diversión, fiesta y alcohol. Uno de los personajes vertebradores era Mitch, un chaval que tiene que enfrentarse al año siguiente a una nueva etapa de su vida entrando en secundaria. Un personaje que parece tener continuidad en el Jake (Blake Jenner) de Todos queremos algo, situada en 1980. Como Mitch, es un novato entre los veteranos y lo vemos llegar a  la casa que la universidad tiene reservada para los jugadores del equipo de béisbol, del que será su nuevo pitcher. Las dos son películas colectivas donde la pertenencia al grupo prima sobre la individualidad. Los jóvenes del grupo agotan sus tres últimos días antes de comenzar el curso entre fiestas, alcohol, drogas y chicas dentro de un mundo masculino, sin la presencia de adultos (con la excepción de la breve aparición del entrenador para imponer unas reglas que nadie obedecerá), donde lo que importa es disfrutar el momento, no importa ni donde ni cómo ni con quién; en la discoteca, en un concierto punk, en un bar country o en la fiesta organizada por un grupo de estudiantes de artes escénicas.

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  En Linklater no hay mirada nostálgica, ni irónica, ni posmoderna sobre esos años o sobre el cine de juergas universitarias de los 80 (Porky’s, Bob Clark, 1981 o Desmadre a la americana [Animal House, John Landis, 1978]). Todos queremos algo, en su obsesión por capturar el tiempo (fechas y horas exactas rotulan cada uno de los días) se parece más al cine histórico que retrata el pasado como un estado de ánimo, como una época de transición hacia la vida adulta no solo de los individuos sino de toda una sociedad y un país enfrentados a un cambio de década significativo. Tanto esta como las películas citadas al inicio pueden parecer comedias ligeras y superficiales (como sus protagonistas) pero presentan en el fondo graves discursos sobre el tiempo y su plasmación cinematográfica. Con unos personajes encapsulados en ese presente cinematográfico (vitalista, sin apenas conflictos, sin las preocupaciones de la vida adulta) en el que algunos personajes han decidido quedarse a vivir, como le ocurre a Willoughby (Wyatt Russell) al que expulsan del equipo por descubrir que tiene treinta años y que podríamos emparentarlo con el personaje que interpretaba Jack Black en Escuela de rock (The School of Rock, 2003) o el de Matthew McConaughey en Movida del 76; personajes que no aceptan la vida adulta ¿por inmadurez o por unos principios radicales? : “Cuando más viejo te hagas más reglas te harán seguir” se decía en Movida del 76.

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  Las imágenes de Todos queremos algo son luminosas, radiantes, reflejo de esa etapa de la vida, no hay conflictividad en el relato, ni grandes discursos reflexivos, solo un grupo de tíos con la testosterona revolucionada con ganas de pasarlo bien. No encontraremos aquí ningún tipo de corrección política ni moralinas tranquilizadoras, los personajes son así y así los retrata Linklater en esta comedia sin comicidad forzada. Tres días en la vida de unos personajes que viven su periodo universitario como el mejor de sus vidas, como seres elegidos, como si el mundo solo existiera en ese pequeño grupo, como si no hubiera futuro, solo presente.

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