Violencia punk

 Green Room (Jeremy Saulnier, 2015)

 green-room-frontal Los Ain’t Rights son un grupo de hardcore-punk que viaja en su furgoneta recorriendo los Estados Unidos tocando en pequeños locales. Lo poco que ganan apenas les da para gasolina y comida, pero eso no parece importarles demasiado; la honestidad de su música, descargar en cualquier lugar sus rabiosas canciones es lo único que les interesa. En una conversación entre dos de sus jóvenes miembros uno le dice al otro que tiene que hacerle una confesión importante, el otro se pone serio y atiende expectante. El primero suelta un sonoro pedo como respuesta. Fin de la secuencia. Esto, que podría parecer un chiste malo, no es otra cosa que una radical declaración de intenciones de Jeremy Saulnier que rompe las expectativas del espectador ante una de esas secuencias de confesiones, mil veces vista en el cine, donde se nos permite acercarnos a la intimidad de los personajes. A lo largo del metraje nunca sabremos apenas nada de los protagonistas. Saulnier niega el principio de identificación o de empatía al espectador, eliminando cualquier coartada psicológica o sentimental ante el terror. El cineasta norteamericano se sirve de sus personajes y de las situaciones al límite a las que son expuestos, para volver a hablar de la violencia en una cinta que incide en los mismos aspectos que sus dos anteriores títulos. Tipos mediocres, solitarios, enfrentados de lleno a un mundo violento (al que no pertenecen) que los convertirá en ejecutores de esa misma violencia que los rodea. Saulnier muestra un mundo donde no hay refugio posible, donde los espacios interiores, en los que acaban encerrados los personajes, nunca son espacios de confort sino de muerte. Green Room parte de una premisa también vista en multitud de ocasiones en el cine de terror y de acción que podría resumirse en aquella frase que dice “estar en el lugar equivocado en el momento equivocado”, como ya le ocurría al protagonista de su primera película, Murder Party (2007), un joven que acudía a una fiesta de Halloween invitado por casualidad y se encontraba de frente con la locura y el horror.

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  El grupo hardcore va a tocar en un local apartado (la idea del desvío ya había sido anunciada al principio en una de las imágenes que abre la película donde se ve la furgoneta del grupo en un campo de maíz al salirse de la carretera). Un local regentado por un grupo de skinheads de ideología nazi. Después de su “provocativa” actuación (su carta de presentación es Nazi Punks Fuck Off de Dead Kennedys) vuelven al camerino y se encuentran con la escena de un crimen que se acaba de cometer. A partir de aquí y tras ser encerrados en esa habitación que da título al film, comienza una espiral de violencia, causada por el enfrentamiento entre los miembros del grupo y la banda de neonazis, con ritmo frenético (como si de una canción hardcore se tratara) y puntuada por secuencias escuetas pero brutales de aliento gore (cuerpos mutilados, cortes que desgarran la carne, disparos que revientan cuerpos), que hace avanzar la película entre el cine de acción y el de terror. Green Room radicaliza la propuesta de la anterior película de Saulnier, la aclamada Blue Ruin (2013), concentrando gran parte de su historia en un solo lugar (el local neonazi) y en un tiempo reducido (una sola noche), consiguiendo una perfecta unidad de espacio, tiempo y acción. Si Blue Ruin era una película sobre la venganza en tonos azules esta es una película sobre la supervivencia en tonos verdes, creando un juego entre los títulos de los films y el cromatismo fotográfico de los mismos (exceptuando Murder Party, aunque no olvidemos que este era un film donde los tonos rojizos eran protagonistas) convirtiendo esto en un rasgo caracterizador del cine de Saulnier que no sabemos si tendrá continuidad en el futuro.

GREEN ROOM

  Puede que algunos lean la película de forma política o ideológica o vean en ella una metáfora sobre la violencia subyacente en la sociedad norteamericana contemporánea, pero esto parece interesarle poco a su director (y también a los personajes). Green Room no es más (ni menos) que un ejercicio arriesgado, un golpe seco, sin mensajes tranquilizadores, sin moralinas, que nos habla de la violencia en abstracto, del comportamiento y la transformación (el disfraz y el cambio del aspecto externo como constante en el cine de Saulnier) de las personas ante la brutalidad y la irracionalidad humana, donde sobrevivir a lo violento implica más violencia. Unas imágenes que estallan ante los ojos de un espectador que se encuentra sin asideros afectivos, morales o empáticos y donde el único rasgo de “humanidad” aparece al final del film cuando un perro (adiestrado en la violencia) busca a su amo y se acuesta junto al cuerpo inerte de este tras el final de la “batalla”.

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